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JUN
11
Diablo IIIPedro Silva
         La Resurrección del Mal.

Hablar del lanzamiento de una secuela de Blizzard es un gran acontecimiento, y lo es por múltiples motivos. Sus juegos rebosan calidad por los cuatro costados y sus fans se suman por legiones. Este hito lo consiguen puliendo cada uno de sus títulos hasta el más mínimo detalle, equilibrando su jugabilidad durante años para lograr que se siga jugando a sus obras durante más de una década. Aún hoy en día podemos encontrar clanes y competiciones activas del primer Starcraft y de Diablo II, juegos con bastante más de una década a sus espaldas. ¿Cuántos títulos pueden presumir de tal longevidad?

Diablo III nace doce años después de su secuela, con el peso sobre sus hombros de continuar una de las sagas más queridas y memorables del mundo del PC. Blizzard ha optado en esta ocasión por respetar muy fielmente las bases de aquél juego y expandirlo partiendo de tres bases: mejorar el sentimiento de comunidad online, actualizar el motor gráfico y facilitar la primera aproximación de los jugadores noveles.





Pero antes de entrar más a fondo en qué es lo que distingue a Diablo III del gran clásico del año 2000, recapitulemos sobre qué es Diablo. Estos juegos son aventuras que pueden ser disfrutadas en solitario o de forma cooperativa con amigos. Escogeremos un personaje de entre varias clases (un bárbaro, un mago, un monje...) y nos lanzaremos a salvar el mundo frente a las huestes demoníacas. Simplificando mucho, los Diablo son juegos de acción con un fuerte componente de personalización del personaje que consisten en llegar al final de mazmorras eliminando por el camino a cientos de monstruos enemigos. Monstruos que sueltan un generoso loot que deberemos gestionar para conseguir el mejor equipamiento posible, requisito indispensable para continuar la aventura. El equipo es la pieza clave para aumentar tu resistencia a recibir daño y tu capacidad de infligir más daño por segundo.

Diablo III continúa la historia donde la dejó Lord of Destruction, con los tres demonios mayores encerrados en la Piedra del Alma y el mundo a salvo, por el momento. La caída de una extraño meteorito cerca de Tristán presagia la llegada de otros dos demonios menores al mundo de los humanos, una situación que se agrava cuando los arcángeles del Cielo se niegan a intervenir en el conflicto. Al final, los únicos que osan hacer frente a la amenaza son la joven sobrina de Deckard Caín, un arcángel Tyrael caído en desgracia y nuestro propio personaje.

Como aventura con valor argumental que es, Diablo III es un juego muy disfrutable en solitario. Los cuatro actos que lo conforman te presentan un Apocalipsis infernal que van in crescendo hasta una conclusión totalmente épica. La aventura es más rica en personajes y situaciones que Diablo II, y dejará en nuestra retina momentos tan memorables como el combate en el palacio de Caldeum, la resistencia de la fortaleza frente al ejército de Azmodan y el espectacular asalto en el Acto IV.

Ahora bien, Diablo III es un juego creado por y para el online. El hecho de que sea obligatorio jugar siempre conectado es un engorro para los jugadores con conexiones inestables, y podría haberse evitado desde un punto de vista técnico. Pero viendo el grado de interconexión que se ha pretendido dar al juego casi podemos entenderlo. En Diablo III siempre tendremos a la vista el chat general del juego y siempre sabremos si están en línea alguno de nuestros amigos o de las personas con las que hemos jugado antes. La idea de Blizzard es evitar que el jugador se sienta solo dentro de Diablo III y siempre pueda comunicarse con otros jugadores y compartir equipamiento y aventuras con ellos.


En cualquier momento podremos convertir nuestra partida privada en una partida pública en la que podrá entrar cualquier jugador interesado en completar nuestras misiones. Esto tiene dos consecuencias: si el otro jugador coopera con nosotros eficazmente (lo cual suele ser así) avanzaremos mucho más deprisa en la aventura y ganaremos experiencia y botín más rápido. Ahora bien, él puede saltar las escenas de vídeo, por lo que si lo que deseas es enterarte de la historia, lo mejor será jugar de forma privada. Afortunadamente, en cualquier momento puedes volver atrás y repasar misiones que ya hayas completado, por lo que no será necesario empezar de nuevo una partida para tener otra oportunidad de ver lo que te hayas perdido.

El otro gran avance en cuestiones de interconexión de usuarios es La Casa de Subastas. En ella podremos subastar, pujar, comprar y vender objetos que hayamos conseguido en nuestras partidas. En principio, la moneda de cambio es el oro del juego, pero Blizzard no tardará en poner en marcha un sistema que permitirá usar dinero real.

Como tal, La Casa de Subastas es una buena idea que facilita muchísimo el intercambio de objetos entre jugadores. Utilizada sabiamente puede reducir en gran medida la dificultad del juego. Los objetos de La Casa de Subastas tienden a tener un precio bastante inferior a los objetos que te ofrecen los mercaderes NPC de Diablo III, lo que provocará que en niveles de dificultad Normal o incluso Pesadilla abatir a los monstruos sea un paseo por el campo, pero que nos ahorrará innumerables horas de loot si queremos afrontar con garantías el nivel Averno.
 
A nivel jugable, Diablo III mantiene la esencia y las formas de su precuela, aunque con matices. Los principales cambios los encontraremos en la gestión de poderes del personaje. El árbol de habilidades ha desaparecido para dar lugar a una serie de ataques que iremos desbloqueando al subir de nivel y que podremos equiparnos en las teclas 1, 2, 3 y 4 y en los clicks del ratón. Estos poderes podrán afinarse y personalizarse mediante "runas", que cambiarán ligeramente su comportamiento. Todos estos cambios de equipamiento y runas serán reversibles, y el juego nos dará libertad total para experimentar y configurar nuestro personaje como más nos guste. Esto elimina de un plumazo la necesidad de quebrarse la cabeza personalizando a los personajes sabiendo que nuestras decisiones serán irreversibles. A partir de ahora, técnicamente todos los personajes de una misma clase y nivel serán exactamente iguales a excepción del equipamiento de objetos que lleven. Algo que los fans de la franquicia amarán u odiarán a partes iguales, pero que seguro encantará a todos aquellos que se inician en Diablo y no están dispuestos a hacerse varios personajes de una misma clase para explotar todas sus posibilidades.

Diablo III no es un juego largo ni mucho menos. Dependiendo del nivel de dificultad y otros factores, lograremos terminar la aventura entre las diez y las veinte horas. No obstante, ha sido diseñado para ser disfrutado muchas veces y de diferentes maneras. Su durabilidad aumenta al ofrecer una forma completamente distinta de jugar con cada una de las clases, al hecho de que jugar en solitario es muy distinto a hacerlo en compañía, con amigos o con extraños, y al sentirse el juego de forma completamente distinta dependiendo del nivel de dificultad. Los niveles Pesadilla y Averno hacen honor a su nombre. Además, la generación aleatoria de escenarios se ha respetado en esta secuela tridimensional, así que cada vez que iniciemos una partida el mapa de las mazmorras será distinto, por lo que la exploración está garantizada.

La presentación de Diablo III está a juego con lo que cabe esperar de Blizzard. La empresa se distingue por adornar sus juegos con unas cinemáticas a la altura del mejor cine de animación, y en esta ocasión no han defraudado en absoluto. Sólo por ver estas escenas animadas ya merece la pena llegar al final de cada acto.

Ya puestos en situación jugable, Blizzard nos ofrece un Diablo que por primera vez se mueve en tres dimensiones. Pero la sustitución de sprites planos por polígonos será el único cambio reseñable. La cámara sigue la acción siempre en el mismo ángulo, sin posibilidad de girarla. Los enemigos clásicos son perfectamente reconocibles y los escenarios han ganado en protagonismo, vida y espectacularidad. Los dos últimos actos destacan especialmente gracias al dinamismo que transmiten, dando la sensación de que el jugador se encuentra en medio de una escena mucho más grande.

El apartado sonoro sigue luciendo con orgullo los efectos de audio ya escuchados en Diablo II. Sorprende que después de tantos ni siquiera hayan tocado eso pero, como tantas otras cosas en este juego, en Blizzard han preferido ser conservadores y hacer caso al dicho "si algo no está roto, no lo arregles". El doblaje en castellano nos regala unas interpretaciones, quizá algo sobreactuadas en ocasiones, pero muy efectistas en última instancia.

En Diablo III contemplamos un giro de Blizzard hacia un juego más social en el que los jugadores se apoyan más los unos en los otros, influenciado claramente por World of Warcraft. La experiencia de jugar a este Diablo no será nunca tan solitaria como en anteriores entregas. Si bien Diablo II ya contaba con numerosas opciones
sociales, no estaban tan bien integradas en la estructura general del juego. Aunque cabe preguntarse si estos cambios favorecerán la durabilidad de un título cuya precuela nos ha costado años conocer todos sus secretos. La Casa de Subastas y el nuevo sistema de habilidades puede simplificar la experimentación y la obtención de objetos hasta volverlo demasiado rápido de explotar.

Diablo III es un juego genial, maravillosamente equilibrado, divertido, profundo, absorbente y con un multijugador soberbio. Pero a la larga deberemos estar muy atentos a futuras expansiones que enriquezcan su oferta, ya que corre el riesgo de caer en el olvido más rápido que Diablo II. De cualquier forma, podemos decir que Blizzard ha vuelto a sacar a la luz un gran juego que nos dará muchísimas horas de diversión en compañía. Un nuevo imprescindible.



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